Hagamosnos los suecos.

Llegar antes o después es una tragedia. La parada de la historia no se conforma con lo que podríamos haber sido, sino con lo que somos y esto depende básicamente de la inteligencia política, social, cultural… La pérdida es abrumadora porque se trata de vidas comunes que se creen cosas que, ahimé, no eran ciertas.

 

Hubo un momento en que todos queríamos ser suecos. Sentíamos sana envidia por su desarrollo económico, por la forma tolerante de afrontar las contradicciones y, sobre todo, por el Estado del bienestar, que habían inventado.

 

Se trataba de un Estado generoso con sus ciudadanos, cuidadoso con los pobres, protector de la educación e investigación y sombrilla de los desvalidos, vinieran de donde vinieran..

 

El Estado del bienestar se basa en un contrato social en cuya virtud el ciudadano recibe la atención pública para sus primeras necesidades a cambio de lo cual paga sus impuestos personales sobre la renta o el patrimonio.

 

El sector público garantiza al individuo que nunca quedará a la intemperie y éste le paga el servicio contribuyendo al gasto público. En palabras simples, el Estado del bienestar es una póliza de seguro a favor de la gente que cuesta una prima determinada que lo justifica. Parece como muy simple.

 

Claro que el sobreentendido es complejo. El ciudadano paga sus impuestos y el fraude merece condena social porque es como robarle el pan al hambriento y el Estado es un eficiente gestor del dinero que recibe, devolviéndolo a la sociedad en forma de salud, educación, seguridad social.

 

El funcionario no solo hace bien su trabajo, sino que, además, debe ser de una honestidad acrisolada. La cosa pública es una cosa común, es una cosa de todos y con eso no se juega.

 

La tormenta ultraliberal y la izquierda vergonzante lanzaron un ataque feroz contra el Estado del bienestar.

 

No se hagan los suecos: pagan un montón de impuestos por servicios públicos que podrían desempeñarse en el mercado con mejor efecto.

 

No se hagan los suecos: el Estado es un pésimo gestor y despilfarra los dineros públicos.

 

No se hagan los suecos: la economía no puede funcionar con un nivel tal de bienestar sin perder competitividad. Hay que bajar el gasto público para que las empresas puedan crecer y salir al mercado internacional en igualdad de condiciones con que salen las otras.

 

Pues no. Se equivocaron. Sí, señores, se equivocaron.

 

Suecia y con ella los países nórdicos aparecen hoy al frente de los Estados más competitivos. Dentro de un ranking de diez, ocupan las mejores posiciones. Y lo dice nada más y nada menos que el Banco Mundial.

 

“Es un mito que la protección social daña a la empresa” (Caralee McLeish, autor del informe). Y sigue: EN VERDAD, LA PROTECCIÓN SOCIAL ES BUENA PARA LA EMPRESA PUESTO QUE SE HACE CARGO DEL PESO DE LA SISTENCIA SANITARIA Y EDUCATIVA, Y ASEGURA UNA FUERZA DE TRABAJO BIEN PREPARPADA Y PRODUCTIVA.

 

El triunfo del Estado del bienestar, nos dice el Banco Mundial, no solo no perjudica sino que aumenta la riqueza del país y de la sociedad civil.

 

El matrimonio entre el sector público y la empresa se basa en un claro respeto de las reglas de juego que gobiernan el sistema. Mínimo el fraude con un mínimo de corrupción administrativa; grabar la renta de las personas físicas y beneficiar el capital y el ahorro de las empresas.

 

No sé si aun podemos o es demasiado tarde. Pero sería mejor para todos si pudiéramos hacernos los suecos. Hagamosnos los suecos.