El travieso travestí amarillo y la costurerita que dio aquel mal paso y lo peor de todo sin necesidad.
Compartir en TwitterEl Nombre Hurtado
Los Hindúes temen la fotografía. Dicen, no sin razón, que es como si les robaran el alma. Nosotros no estamos mejor: cada día alguno se apropia de tu nombre o imagen, te hurta las señas.
No usarás mi nombre en vano, dijo Dios, y, probablemente, porque presentía que el abuso de nombre termina con el nombrado.
El nombre hurtado recoge tu identidad, lanzándola al viento y te quedas aterido porque sin nombre dejas de ser el que eras. O peor, te conviertes en alguien ajeno a su identificación. Ya no eres el nombre, que circula por su cuenta.
Hacen un mundo de nombres hurtados para aprovecharse. Las calles poco a poco se pueblan de innominados, de personas desamparadas porque no tienen quien les llame. Yo ya no soy ese.
Y, entonces, algunos de los nombres hurtados se transforman en sinónimos de sospechas, de convivencias improbables y otros pasan a ser antónimos del que fue su portador: el hombre bueno y el mal nombre.
Hay una sociedad de nombres que nada tienen que ver con cada cual y una multitud de personas que buscan su nombre perdido.
Siempre hay un destino para el hurto. Los nombres dan dinero, dan poder, cualquiera que sea el modo en que uno se apropia de ellos. Es igual el Instituto Nacional de Estadística que el travieso travestí de prensa amarilla que hace de la prensa su propia alcantarilla y una costurera de la excrecencia que dio aquel mal paso y lo peor de todo sin necesidad.
Mi mundo por un nombre. Y los nombrados confiamos en que nos devuelvan los nombres, y nos preocupa el despojo. Pero, sabemos, que a cada uno de nosotros en la vida nos toca uno, que es nuestro, inseparable, indivisible. Y escapará, el nombre a su tortuosa suerte para retornar a su dueño. Y volveremos a ser santos de nuestra devoción o verdugos de nuestros actos, con nombre propio.
John Rawls, el filósofo recientemente fallecido, solicita del mercado el ejemplo: Enriquézcase, pero sirviendo de modelo a los que están abajo o por detrás suyo. No hay peor cosa para una comunidad que la doble moral: una pública de castigo y punición y otra privada de relajación y disfraz. Que mi nombre fenezca conmigo es un derecho absoluto de la personalidad. Que mi nombre finalice aunque yo siga vivo es una degeneración.
El travieso travestí que anida en los escaparates del poder y del influjo es la peor lección posible. Viene a significar que nos pueden desnudar de lo más íntimo, simplemente por dinero, por venganza, por arbitrio, dejando a la intemperie a la persona. Otros se vestirán con mi ropa y siempre habrá una costurera para los remiendos del travieso travestí amarillo.
De seguir así, todos sin excepción, encontraremos ventajas en pasar a la clandestinidad, miembros escondidos de una secta cada vez más populosa que se reúne en las catacumbas para sobrevivir con hálito. O eso, o defender con uñas y dientes el derecho al nombre y el deber de no usarlo en vano. Y no porque seamos Dios, sino pobres cristianos ante las fieras.