DE VUELTA AL COLE
Compartir en TwitterHa sido un verano movido, entre la ira de la naturaleza, los elementos; la estulticia de los políticos y, también, la incertidumbre de lo que vendrá. En suma, antes que una vacación vivimos una prolongada terapia de grupo.
De vuelta al cole nos encontramos en el mismo lugar que dejamos, con iguales rostros y personajes. Menos mal que el descanso no nos ha hecho olvidar, por ajetreado, las ridículas peripecias de la realidad. Exactamente, como si no nos hubiéramos ido a ninguna parte y no volviéramos a lugar alguno.
Estar quieto, sin moverse, a veces, es una forma inteligente de sobrevivir. Eso es lo que nos pasa. Todo se mueve ,pero, todo está quieto.
Claro que, de leer los periódicos uno podría extraer la lección equivocada, creyendo que están sucediendo montañas de cosas. No. La verdad, es la parálisis.
Todos los veranos se queman los bosques. Todos los años no hay recursos para combatir el fuego. La noticia curiosa sería que alguna vez no se produzca el incendio porque hubo prevención y medios de extinción bastantes y suficientes. La sorpresa estúpida continúa siendo la del fuego en el verano. Esto no impide, en nombre de la tradición que prosigan festejos populares basados en encender pastos y lo que toque.(sic).,.
Hay déficit sanitario en las autonomías, lo cual quiere decir que no hay recursos suficientes para la atención de los ciudadanos. De pura lógica hay que aumentar los impuestos para financiarlo. ¿Para que si no sirven los impuestos?. La discusión consistió en si debían o no aumentarse los impuestos sobre consumos específicos. Pero, esto en si mismo fué un absurdo. Los impuestos suben para financiar el gasto público necesario y más si es gasto público social. Otra cosa es, que se discuta que tributos deben incrementarse o la cuantía; pero, el principio es inimpugnable.
No obstante, una información esencial pasa inadvertida, aunque ya la sabíamos y es que los principales contribuyentes en renta de las personas físicas son los trabajadores, confirmando que la progresividad del impuesto es pura fantasía. Los únicos rendimientos efectivamente gravados son los del trabajo personal. No hubo, al calor del estío, reflexión sobre este punto. Fiscalmente hablando, no hay otra fuente de capacidad económica que la que nace del trabajo. Ni el capital, mobiliario o inmobiliario, ni las plusvalías ni la profesión o empresa son indicadores mínimos de riqueza.
Es una opción admitida y estable. O sea, el gasto público, para decirlo exageradamente, lo deben pagar los consumidores –de tabaco, de alcohol- y los trabajadores en relación de dependencia., con prescindencia del lugar donde cada uno reside en el territorio.
Lo único que realmente nos une es el IRPF, una conexión común y universal que absorbe cualquier tentación nacionalista o de autodeterminación.
El trabajador paga el gasto público esperando recibir un servicio público mínimo y eficiente, bienes públicos de educación, salud, medio ambiente… Paga un precio para que lo atiendan adecuadamente. Si así no fuera, la contribución al gasto público sería como un fraude, un engaño. La pregunta, en cualquier caso, es si se está recibiendo por lo que se paga, no solo para uno mismo, sino, también, para los que no pagan nada. La respuesta es negativa: el trabajador obtiene mucho menos de lo que da.
De vuelta al cole: las mismas aulas, los mismos rostros, y los discursos igualmente vacuos. Los que deben aprender a moverse en un futuro pleno de cambios e incertezas reciben las enseñanzas de los que hacen de la inmovilidad su principal argumento. No somos pesimistas, pero, es difícil confiar en el debate con bibliografía y documentación del siglo pasado y aún antes. Aquí no pasa nada y lo que pasa es sutil, irrelevante, previsible.