Revista nº 204. Adios Rochale adios: El final del Banco Cooperativo Inglés
Compartir en TwitterADIOS ROCHDALE ADIOS:EL FINAL DEL BANCO COOPERATIVO INGLES
Tulio Rosembuj
Las casualidades no existen en las ciencias sociales. Quiero decir que nada pasa porque sí. La doctrina cooperativa atraviesa una crisis letal. Más o menos acompaña la caída del socialismo, de la socialdemocracia, del pensamiento libertario. Ahora el Banco Cooperativo de Inglaterra, que se remonta a los esfuerzos iniciales del cooperativismo de Rochdale, el pionero, llega a su final. Más o menos como Fagor y la experiencia de Mondragón.
La traición consiste en la esquizofrenia del movimiento cooperativo que pretende fines y propósitos de solidaridad, que no de lucro, en manos de gestores obsesionados por replicar la conducta de las empresas capitalistas. La muerte anunciada de una forma de cooperativismo es la conjunción de la cooperativa en manos de una tecnoestructura conformada a la lógica de la economía de mercado y, aunque parezca rudo, de dirigentes cooperativos ensillados en un discurso envejecido, vacío, finalmente muerto.
El cooperativismo propone una vía a la empresa capitalista basada en el esfuerzo compartido de sus miembros, donde lo que menos importa es el capital social aportado por cada uno de ellos. Sin embargo, la gestión cooperativa discurre por los mismos carriles de la otra empresa. No importa que se repitan comportamientos grotescos de dimensión o de olvido de la calidad del socio; no importa que prevalezcan modos de producción y de consumo propios de la tecnoestructura capitalista. Vencer al mercado con sus propias armas equivale al suicidio. Por eso están cayendo las estructuras despegadas de la vocación cooperativa que, en pocas palabras, significaba ayudar al desvalido, entrar en contacto con los jóvenes parados, ofrecerse como la aventura de vida para los que están excluidos.
Los viejos carteles del cooperativismo se centraron en la unión como fuente de la fuerza. La unión de los débiles, de los frágiles, de los desamparados. Esto quedó sepultado por los delirios de grandeza de los gestores y la burocratización de las organizaciones superiores, con los mismos defectos que asolan a los sindicatos, a los partidos políticos reformistas.
La crisis financiera de 2008, como metáfora, deja a la intemperie a los farsantes. De ella los únicos que han sido derrotados son los que teóricamente hubieran debido aprovecharla para dar el paso hacia delante. En cambio, los bancos vuelven a los beneficios, con el dinero de los ciudadanos que les pagaron sus deudas y el Estado garantiza con sus recortes presupuestarios el reembolso de la deuda a los acreedores privados. No interesa a ninguno, ni siquiera al cooperativismo, la desigualdad social y el paro.
No es comprensible que los parados, los pobres, los que pierden su futuro no tengan ni encuentren caminos distintos a los que propone el neoliberalismo. Si ello ocurre es porque las organizaciones predispuestas no sirven. Esto es perfectamente aplicable a la burocracia cooperativa y a las empresas cooperativas de gerente.
El capitalismo puede estar tranquilo. La codicia y el egoísmo; el enriquecimiento ilimitado; la fetichización del dinero; el repudio a la intervención pública, son los principios que deben inspirarnos. Al fin y al cabo, los otros principios en los que más o menos decimos creer, no tienen guión, actores ni escenario.
La cooperativa se olvidó precisamente de su bastión: el interés del socio. La política y la ley contribuyen a promover organizaciones que hacen caso omiso del socio, fortaleciendo a los gestores y a aposentados dirigentes cooperativos.
La crisis del cooperativismo no es distinta de la de los sindicatos o de los partidos reformistas. En lugar de pensar en sus participantes, miembros, simpatizantes, dirigen sus esfuerzos a la exhibición, al desenfreno del gasto y de la subvención pública, al goce material de los beneficios económicos de sus dirigentes.
La cooperativa podría haber sido un instrumento esencial en la creación de empleo, en el soporte a las empresas nuevas, en la consolidación del crédito a los necesitados. Pero, lamentablemente, la captura ideológica del cooperativismo por parte del neoliberalismo le ha cortado las alas. Es cierto que hay empresas cooperativas que, pese a todo, navegan en el archipiélago del fracaso; pero, ordinariamente, con la idea de dejarlo apenas tienen la oportunidad de convertirse en otra cosa, sea sociedad laboral o sociedad agraria de transformación.
Nunca se debe olvidar que el socio no es un héroe. Es una persona que junto a otros quiere valorizar su esfuerzo mediante el sacrificio personal, porque su único valor es el capital humano, sea como trabajador, consumidor, agricultor. La cooperativa se justifica en el mercado, precisamente, porque no exige la monetización de capital de sus miembros, sino su calificación continuada. El fracaso llega cuando la organización deja de servir al socio, como debería ser, para convertirse en instrumento de sus gestores con delirios de grandeza o los dirigentes cooperativos con finalidades distintas a las propias de un movimiento originariamente solidario.
Ahora, la crisis se lleva a los aprendices de la especulación. Los especuladores, sanos y salvos, vuelven a los beneficios. Los imitadores se hunden en la bancarrota.
La reconstrucción del movimiento cooperativo pasa por la renovación total de sus dirigentes y la expulsión de los gestores de las empresas cooperativas ávidas de figuración. Darle la palabra al socio, es la única vía legítima que hay para crear otra forma de cooperativismo, distinta del cooperativismo neoliberal de mercado. Puede que sea demasiado tarde.