Revista nº 199. Que culpa tienen 6 millones depersonas
Compartir en TwitterQUE CULPA TIENEN 6 MILLONES DE PERSONAS.
De los superricos al fracaso de los partidos políticos.
Tulio Rosembuj
Benjamin Page-Larry M.Bartels-Jason Seawright acaban de publicar un documento sobre el comportamiento de los superricos en materia de política económica y financiera (Democracy and the policy preferences of wealthy americans,Perspectives in politics, marzo 20113,Vol.11.1). Las conclusiones no pueden decirse que sean originales, pero, si, que son confirmatorias. Los más ricos son más conservadores que los menos. Esto no dice nada que no sepamos, pero, en afán de precisión, los autores, desde su investigación, corroboran que los mas conservadores tienen preocupaciones que a los pobres no les dice nada. Por ejemplo, defienden a muerte los recortes de los gastos sociales y la bajada de los impuestos. O, están en contra de cualquier regulación del mercado o de intervención del sector público de la economía.
Esto forma parte de nuestro abecedario político. Pero, lo que no sabíamos es que esta minoría privilegiada impone sus criterios sobre la jibarización del Estado, la liquidación de la ayuda social y la despreocupación por la desocupación como líneas de gobierno, sea a la izquierda que a la derecha.
Esto es lo nuevo. Los superricos han impuesto sus mantras: el déficit es diabólico; no endeudarse porque conduce al abismo público; bajar los impuestos en beneficio propio o combatir el impuesto mínimo como agresivo y confiscatorio.
En suma, de los más ricos a mayor desigualdad social e injusticia de oportunidades.
El verdadero drama de estas metáforas es que no solo se la creen los ricos, sino también los menos ricos o las clases medias. Se las creen todos los que son las víctimas reales de las ilusiones financieras.
La pregunta, entonces, es porque los más frágiles se creen las mentiras que inventan los que quieren perjudicarles. La respuesta es relativamente simple: porque a los pobres no los representa nadie.
Hay una particular tendencia humana al avestrucismo: esconder la cabeza para evitar los malos augurios. Bienaventurados los que lo pueden hacer. De ellos será el reino de la tierra y de los cielos.
Ahora, gracias a Italia, sabemos que los partidos políticos son como la banca, las multinacionales, el uno por ciento del poder económico. La lección aprendida es horrorosa: el ciudadano no tiene quien le defienda.
La soledad de cada uno hace imposible el mínimo proyecto de transformación, de cambio, básicamente, porque siempre y en cualquier caso o afecta a la banca, a la gran empresa a los superricos o (también) al establishment político.
No hay reforma sin reforma de los partidos políticos. Es igual que sean de un lado o del otro, porque prevalece, sumariamente, el interés corporativo.
Los partidos políticos han corrompido sus propios intereses, convirtiéndose en eco de las pretensiones de los sectores más poderosos: los que tienen dinero controlan los medios de comunicación, la influencia próxima, las campañas de descrédito, las denuncias a los que amenazan sus prerrogativas.
No puede, en rigor, esperarse otra cosa de los partidos conservadores. Pero, lo sugestivo es que son esos partidos políticos los que después acumulan mayorías sociales que les votan, sin saber o sabiendo que les van a sacrificar en el intento. O, de otra forma, ¿por qué los más vulnerables votan a la derecha ¿. Sea en España, en Italia, en México o Venezuela, los millones de votos no soportan ninguna racionalidad. Rajoy gana por mayoría absoluta (¿) o Berlusconi impone su gobierno.
Los partidos de la otra orilla, llamémoslo de izquierdas aunque sea presuntuoso, han renunciado a la guerra de las metáforas, aceptando de pleno el pensamiento económico conservador. Y no hablamos de revolución marxista. Hablamos de Keynes, por ejemplo; de Volcker ; de Tobin ; de Minsky . O sea hablando de los que advierten los fallos de los mercados y las consecuencias del poder absoluto ejercido por el capital financiero.
¿Cuáles son las razones de la renuncia de los partidos políticos progresistas a su propio discurso?.
La respuesta es la defensa a ultranza de sus intereses corporativos. El fracaso de la izquierda es la tutela irrestricta de sus privilegios en el cargo público, en el Boletín Oficial del Estado, sea el que sea, en la obtención de puestos para sus afiliados, en la renuncia a cualquier alternativa que suponga la pérdida de subvenciones, salarios, dietas, gastos de representación.
Hasta ahora pensábamos que los fines de los partidos políticos eran la consolidación del sistema democrático; pero, sabemos que no es verdad, que su única finalidad es acceder a los presupuestos públicos y a perdurar.
El drama es que sin partidos políticos organizados cualquier manifestación es testimonial, porque el primer obstáculo es insuperable. Como se puede legislar sin parlamentarios ni senadores; como se puede crear y repartir riqueza sin representantes que asuman la función pública con vocación de servicio.
Hay, entonces, que pensar, a partir de la experiencia italiana y española , que la idea del partido político de los siglos pasados está perimida. No se puede confiar en organizaciones que trafican con la voluntad de sus electores, en beneficio de sus cargos y funcionarios, clientes y donantes.
A fuer de cínicos esto puede ser el paraíso de los conservadores, pero se convierte en el infierno de los reformistas.
El partido político, como el sindicato, debe vivir de las cotizaciones de sus afiliados, que no de la financiación pública. Los sueldos y salarios deben ser proporcionados al salario mínimo, cuando no gratuitos. La política es una vocación, que no una profesión.
Ningúno que se dedique a la enseñanza, a la literatura, a las bellas artes sueña con vivir como Emilio Botín , y si lo hace, mejor que se dedique a otra cosa.
El nuevo partido político reformista no puede seguir con la sumisión a las metáforas del contrario; pero, aún más importante, debe ser un espejo de máxima corrección. Tienen razón cuando se dice que todos los políticos son iguales. Y las consecuencias están a la vista en los comportamientos, en la defensa a ultranza de situaciones vergonzantes, en la pietrificación institucional a cualquier precio, o sea la renuncia a cualquier discusión sobre la propia existencia.
El partido político reformista no puede esconderse ante los desafíos de las redes sociales. Ahora, es posible la plaza virtual mediante el espontaneismo, el asambleísmo, la defensa puntual de los intereses colectivos, la reacción precisa ante la injusticia de sector.
Tanto las últimas experiencias de EEUU como la de los indignados Ada Colau en España o la de Grillo en Italia demuestran que la autorepresentación está aquí para quedarse. Es inconcebible que el escrache tenga como patrocinadores criticos a los partidos de izquierda.¿ Desde cuando la libertad pacífica de manifestación es condenable?. Obviamente, esto les corresponde a los partidos conservadores porque forma parte de su salario; pero no a los otros.
Una nueva base pasa por la economía keynesiana; por la renuncia al dinero público; por la identificación de los intereses expresados en las redes sociales. Una vez que se consiga la conexión neuronal con las mayorías sociales menos favorecidas es cuando llegará el momento, al menos en la Unión Europea, para pedir la expulsión de Alemania del euro.
Mientras tanto, que siga el circo de los mendicantes, de los pordioseros: una vez que se pierde el orgullo, no queda nada. Miento, quedan seis millones de desocupados a la intemperie