Los violines, los violones, el otoño y la agencia tributaria
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Hace unos meses cometí la impertinencia de citar al amargo y decadente poeta
parisién Paul Verlaine en un artículo destinado a otra revista de derecho
tributario. Como es natural, me rechazaron el artículo e hicieron muy bien,
porque no venía a cuento. Pero me cabe la esperanza de que mi amigo Tulio
Rosembuj que es un editor un poco atípico (como yo, un tributarista muy
atípico), publique estas líneas. Los versos censurados decían así:
Les sanglots longs
Des violons
De l”automne
Blessent mon coeur
D”une langueur
Monotonne…
La verdad es que no me consta que los violines del otoño hiciesen esas cosas
en el París del siglo XIX. Probablemente, no. Verlaine, como la mayoría de
poetas, era bastante exagerado y, además, bebía mucho, sobre todo absenta,
que es fatal para el hígado.
Lo que sí me consta es que, en la España del siglo XXI, que se supone es un
Estado de Derecho, los violines o los violones del otoño hieren cada año más
profundamente los tiernos corazones de infinidad de contribuyentes. A
diferencia de otras especies animales, en que la época del celo coincide con la
florida primavera, a los inspectores de Hacienda el celo profesional se les
despierta en otoño.
Se acerca el fin del ejercicio y han de cumplir los objetivos de se señalaron a
cada unidad en cumplimiento de la Resolución de 1 de abril de 1993, por la que
se aprobó el baremo del complemento de productividad, entre cuyos objetivos
el preferente y mejor retribuido es alcanzar una determinada cuantía de deuda
tributaria. Si el objetivo no se alcanza, el inspector verá reducido su
complemento. Si se rebasa, lo verá incrementado (aunque, eso sí, según una
escala regresiva). Además, si la liquidación fuese posteriormente anulada por
los tribunales, el incentivo no se retrotrae. Santa Rita, Rita, lo que se da no se
quita. Por otra parte, el sistema es de cupo cerrado, de manera que lo que
dejen de ganar los menos productivos lo ganarán los más productivos.
Todos los asesores fiscales saben, que, como consecuencia de este sistema,
cada año, al llegar el otoño, se entablan carreras de velocidad para ver quien la
hace más gorda. A veces hay suerte. Se cae con un inspector que ya tiene
ampliamente cubiertos sus objetivos. Entonces, hasta se pueden obtener
rebajas por fin de temporada. Pero si el inspector tiene dificultades para cubrir
su cupo, el contribuyente ja ha begut oli.
Es cierto de que el contribuyente cuenta con una garantía: quien resuelve no es
el inspector actuario, que se limita a proponer en el acta la liquidación que considera pertinente; sino el inspector jefe, que adoptará una decisión
imparcial, después de tomar en consideración las alegaciones del interesado.
Pero ocurre que uno de los tramos retributivos del inspector jefe depende, a su
vez, de la cuantía de las liquidaciones que practica. Así, pues, la imparcialidad
está asegurada.
Dicho sea de paso que este sistema retributivo, aunque se haya sofisticado,
procede en lo esencial de la dictadura de Primo de Rivera (en la que no se
andaban con puñetas, se pagaba al inspector una participación en la
recaudación pura y dura) y permaneció durante el franquismo. El llorado
Fernández Ordóñez, que conocía el paño por haber sido cocinero antes que
fraile, intentó acabar con esta repugnante corruptela durante la etapa en que
fue ministro de Hacienda. Pero años más tarde, siendo secretario de Estado
Josep Borrell y cerebro gris de la casa el hoy presunto inocente José María
Huguet, se volvió al sistema franquista.
Cabe añadir que estamos ante una singularidad del rico folklore español: en
ningún país civilizado existe nada semejante. Sí hubo algo parecido en USA
hasta 1998. Pero en aquel año, como consecuencia de una investigación del
Senado provocada por denuncias de los contribuyentes y de los propios
funcionarios, se dictó una Ley, la de Reforma y Reestructuración del Servicio
de Rentas Interiores (que fue defendida personalmente por el presidente
Clinton con un duro discurso contra la Tax Agency americana), en la que se
prohibió termi nantemente incentivar a los funcionarios en virtud de las
cantidades liquidadas o recaudadas.
No ha sido USA el único país en el que parte de los funcionarios tuvieron la
vergüenza torera de denunciar un sistema retributivo que juzgaban
inconstitucional y que les repugnaba. En España lo ha hecho la Asociación de
Subinspectores de Tributos, que tuvo la dignidad profesional de impugnar en
vía contencioso-administrativa el baremo de incentivos de productividad,
encomendado el asunto a un abogado que suele usar las mismas iniciales que
yo. En estos momentos el tema, visto para sentencia, pende de decisión de la
Audiencia Nacional.
No sé lo que opinarán sobre este tema en otras regiones y nacionalidades del
Estado español. En Cataluña, creo interpretar la opinión de la mayoría diciendo
que estamos hasta el gorro (por no decirlo de manera más contundente) de la
Agencia Tributaria. Por eso, hemos experimentado un gran alivio, cuando Artur
Mas se ha decidido, ¡por fin! A reclamar un nuevo Estatuto, en que la
competencia de gestión tributaria correspondería a la Generalitat de Catalunya.
Paralelamente se dice que, en la próxima Ley de Acompañamiento, el cuerpo
de Inspectores de Hacienda de la Generalitat se ampliará en 200 plazas. Por
supuesto, por el momento no hem de fer volar coloms. Las cosas de palacio
van despacio. Pero no se puede mantener indefinidamente en un país – si no
es en situación de ocupación militar – una Administración que la mayoría de
ciudadanos del país percibe como extranjera y hostil. Quien dice y firma esto con su nombre lleva ocho apellidos castellanos. Soy catalán de Valladolid, pero
catalán.
Algo más, para terminar. Puede parecer que expreso con demasiada
vehemencia mi rabia y mi asco. Pero no puedo dejar de hacerlo así. No puedo
olvidar que en 1993 un cliente mío de la ciudad de Lleida se suicidó como
consecuencia de un acta de Inspección que le arruinaba. Dos o tres años
después el acta fue anulada por los tribunales. Pero el sujeto pasivo ya criaba
malvas. Los inspectores actuarios no dejaron de percibir sus bien ganados
incentivos. Si se me desafía a probar, con documentos y testigos, que estoy
diciendo la verdad, tendré mucho gusto en hacerlo.