La Economía y el Sistema Tributario

En alguna ocasión se dicho que la única cosa que las personas aprenden de la Historia, es que no aprenden nada de la Historia. Siempre se ha considerado que las circunstancias son distintas, cambiantes y lejanas con respecto a los que nos enseñan los libros de los historiadores. Los ejemplos históricos se olvidan con excesiva rapidez, enmascarados por la realidad cambiante que no ha tocado vivir.

Esto es una verdad relativa, quizá marcada por la distancia temporal en que se suelen analizar los libros de Historia. Pero lo que es cierto es que en esos textos se encuentran problemas y soluciones, que parecen sencillas cuando se tiene la superioridad que nos ofrece un análisis posterior ayudado por el paso del tiempo.

Parece que en la actual crisis económica los lideres mundiales han olvidado cómo se produjo el colapso de Wall Street en 1929, lo que provocó una depresión de ámbito mundial. Ello sucedió, entre otras razones no gracias a los fallos de funcionamiento del mercado, sino como resultado de los graves errores de los gobernantes que intentaron proteger tanto sus economías como su mercados. No se permitió que el mercado llevase a cabo sus propias correcciones, que reaccionase con sus propios medios, sino que las distintas intervenciones gubernamentales terminaron por asfixiarle. Algunas de las medidas que adoptaron los gobiernos no consiguieron otro resultado que prolongar la crisis.

¿Estamos asistiendo al principio de un descenso en cascada del comercio y las inversiones internacionales que convirtieron la caída bursátil de 1929 en desastre en la económica a nivel mundial?

Aun cuando también se puede apreciar un signo de debilidad e ignorancia en la pasividad como en la intervención gubernamental en aquel entonces, es evidente que los errores de los años treinta no se repetirán.

El ciclo de crisis económica, después de años de expansión y bonanza, ha vuelto. Se ha llegado a declarar la muerte del capitalismo, la resurrección de Marx y la aparición de la invisible mano del libre mercado parece ser la culpable de todas las desgracias actuales.

Eso no es cierto. Para cualquier analista de funcionamiento de los mercados, en su distinta localización o mejor dicho, en su estricta posición y dependencia global, no son los mercados los que han fallado arrastrando al mundo a una crisis bien pronosticada, pero que pocos se convencieron de ello y adoptaron astutamente las medidas necesarias para prevenirla o disminuir sus efectos. Quienes han fallado han sido los gobiernos, y entre ellos, ninguno destaca más como el español que preside el Sr. Rodriguez Zapatero.

Esos gobiernos, y entre ellos especialmente el español, no actuaron como la mano visible, correctora y directora en momentos en que atisbaba la crisis económica en el horizonte, con el fin de crear y garantizar las distintas reglas del libre mercado. Desde que comenzó la carrera por adoptar medidas tendentes a combatir la crisis, han aparecido múltiples de ellas, algunas verdaderamente absurdas o que no tienen la suficiente motivación para que el ciudadano las pueda entender.

El sistema de libre mercado tiene tanta influencia y está tan arraigado en nuestras instituciones, tanto bancarias, económicas y bursátiles, que toda intervención gubernamental debe ser localizada, limitada y especialmente inteligente. La libertad económica, el sistema de libre mercado es todavía la mejor política para hacer frente a la crisis económica.

De la Historia no se ha aprendido nada, en lo que se refiere a la forma de salir de esta crisis económica. Parece como si hubiese llegado de improviso, cuando los distintos indicadores lo anunciaban incluso a mediados del año 2007. España con un débil sector industrial, que basada su esplendor y desarrollo económico en el sector de la construcción y el turismo, forzosamente, incluso un analista novato o inexperto debería haber entendido que el impacto de la crisis sería demoledor, como así ha ocurrido.

Las miradas de gobiernos sin ideas ni proyectos serios se centran en lo que se haga o se diga en los Estados Unidos de Norteamérica. Algunos analistas comienzan a hablar del efecto de las “caducas ideas del pasado” para demandar la aplicación de medidas eficaces que empujen hacia arriba una economía debilitada por la crisis de confianza en los distintos sectores, especialmente bancario y bursátil. Incluso ante las distintas medidas propuestas por el Sr. Obama y su equipo de asesores, se habla también de rebajar la soberbia intelectual de esos que, por haber sido elegidos miembros de un equipo asesor, parecen tener en exclusiva la solución a la crisis, lo que

también sería de aplicación en España, donde parece que el equipo económico del gobierno cuenta con la exclusiva sabiduría para saber qué hacer y cómo, sin que se haya abierto un debate serio, con los demás partidos políticos sobre la adecuada reacción a la crisis económica.

Un gobierno, que disponga de un equipo de asesores preparados técnicamente e inteligentes, debe ser consciente de los miles de millones de euros que serán necesarios para pagar el desempleo que pronto alcanzará en España la cifra de cuatro millones.

¿Cómo puede intervenir en todo el conjunto de medidas financieras que se adoptan para ayudar a los distintos sectores productivos, el sistema tributario? O quizá la pregunta la podamos plantear de la siguiente forma ¿debe el gobierno utilizar el sistema tributario para estimular la economía?

Una fiscalidad que se adapte o sea una debida respuesta a la realidad económica, política y social de cada momento histórico debe ser consecuencia del principio de eficacia tanto política como económica. No es posible mantener la misma presión fiscal sobre las personas físicas y sociedades mercantiles, en tiempos de crisis económica que en tiempos de prosperidad.

Desempleo e inflación son dos de los mayores problemas con que se enfrentan las modernas economías, que, en ocasiones pueden desarrollar una tendencia a conseguir altos niveles de desempleo e inflación y en ocasiones, el proceso contrario.

En estos procesos económicos el Estado no puede permanecer impasible. Según los “mercantilistas”, el Estado debe tener un papel destacado en la promoción y defensa de la prosperidad económica.

En sentido contrario aparece la doctrina del laissez-faire que se fundamentó en que la prosperidad económica tenía su fundamento en el interés de las personas y debía seguir el ritmo indicado, en cada momento, por el mercado, sin intervención estatal alguna.

El Estado a través de la política general no puede ni debe desentenderse de los procesos económicos. Para ello cuenta con la política fiscal y la política monetaria, que son interdependientes. Un cambio en la política fiscal puede afectar al aspecto monetario de la economía y de forma reciproca también puede incidir negativamente en el planteamiento original de esa misma política fiscal.

El Ordenamiento Tributario español cuenta con uno de los preceptos mejor elaborados que aparecen en cualquier texto normativo de naturaleza tributaria. El artículo 2.2 de la Ley 58/2003, de 17 de diciembre, General Tributaria, concede al gobierno un arma extraordinaria, si se sabe utilizar, para prevenir los efectos de la crisis económica.

Los tributos, además de ser medios para obtener los recursos necesarios para el sostenimiento de los gastos públicos, podrán servir como instrumentos de la política económica general y atender a la realización de los principios y fines contenidos en la Constitución.

El principio de eficacia económica es importante en el momento de tomar las decisiones oportunas, si un gobierno decide interferir con su extraordinario poder, en el sistema libre de mercado. Al mismo tiempo es posible utilizar este principio para determinar cómo los tributos pueden influir con una influencia positiva en el funcionamiento de la economía.

El sistema tributario cuenta con figuras tributarias que pueden y deben ser utilizadas, si se sabe cómo, para dinamizar la economía y permiten un salto adelante para volver a alcanzar el nivel de eficacia perdido.

La disminución de los tipos porcentuales en el Impuesto sobre el Valor Añadido, supondría como efecto inmediato abaratar los distintos objetos de consumo y servicios prestados por profesionales. Esta medida permitiría tener más “dinero” en los consumidores y aumentaría la demanda.

Asimismo, la disminución del tipo aplicable en el Impuesto sobre Sociedades, salvaría de la falta de liquidez a más de una de las denominadas pequeñas y medidas empresas. Se evitaría la deslocalización en aquellas grandes sociedades mercantiles, especialmente las dependientes de multinacionales, que buscan siempre otro país con mejor trato fiscal. La dinamización de la economía sería otro de los efectos beneficiosos de esta medida.

En el mismo sentido, la disminución de los tipos porcentuales aplicables en el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, permitiría a los asalariados la posibilidad contar con más capacidad de consumo y especialmente de ahorro. Esto es lo importante, el ahorro. Un país sin capacidad de ahorro está condenado a prolongar indefinidamente la presente crisis. La prosperidad se mide por la capacidad de ahorro. Un impuesto que grave excesivamente la renta sobrante puede constituir una disuasión al ahorro. Por eso debe cuidarse mucho la fiscalidad sobre el ahorro cuando la renta que lo produce ya ha sido previamente objeto de imposición fiscal.

En consecuencia, es obvio que la instrumentalización del sistema tributario, constituye un arma extraordinaria en manos del gobierno que esté dispuesto a aplicarlo para regenerar la economía. Pero si no se hizo como medida de previsión, en su debido momento, ahora que estamos en recesión económica, los efectos beneficiosos de acudir al sistema tributario corren el riesgo, de no producir el efecto deseado. Fue entonces, cuando aparecieron los primeros síntomas de cansancio económico, cuando se avisa desde el exterior de que la situación económica de España era delicada, cuando era más que previsible el descalabro que se iba a producir, cuando se debió haber acudido al sistema tributario para influir e incentivar la economía. Ahora es tarde, quizá demasiado tarde.

Es bien seguro que en años venideros los historiadores especializados que se refieran en sus escritos a esta crisis, llegarán a la conclusión de que la pasividad ha sido un arma letal que ha favorecido la extensión y profundidad de la crisis, así como la falta de una respuesta adecuada por medio de la política eficaz e inteligente, por cuanto sólo por medio de soluciones rápidas, poco pensadas e inútiles, se ha pretendido encontrar la solución.

Eduardo Barrachina Juan

Magistrado por oposición de lo Contencioso-administrativo

Tribunal Superior de Justicia de Cataluña